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martes, 29 de enero de 2019

El Papa Francisco nombra al nuevo Arzobispo de Lima en Perú


El Papa Francisco nombró al P. Carlos Castillo Mattasoglio, de 68 años, como nuevo Arzobispo de Lima en Perú.
El P. Castillo sucede al Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, cuya renuncia fue aceptada por haber llegado al límite de edad de 75 años el pasado 28 de diciembre.
El Arzobispo electo de Lima, Mons. Carlos Castillo Mattasoglio nació en Lima el 28 de febrero de 1950. De 1968 a 1973 asistió a la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde obtuvo el Bachillerato en Ciencias Sociales.
Ingresó en el Seminario Mayor Santo Toribio de Mogrovejo en Lima y ​​fue enviado a Roma para sus estudios eclesiásticos donde, en 1979, obtuvo el Bachillerato en Filosofía y, en 1983, en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana.
Fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1984. En 1985 obtuvo la Licenciatura y, en 1987, el Doctorado en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana.
Ha desempeñado, entre otros, los siguientes cargos: profesor de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Perú (PUCP) desde 1987 hasta hoy; consejero de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos entre 1987 y 1998; Vicario Parroquial de San Francisco de Asís entre 1987 y 1990; Vicario Parroquial de La Encarnación entre 1990 y 1991; Responsable arquidiocesano de la pastoral universitaria de Lima y colaborador en la parroquia de San Juan Apóstol entre 1991 y 1999; Vicario para la pastoral  juvenil de Lima, organizador de la vicaría para la juventud  y responsable de la pastoral vocacional entre 1996 y 1999.
Ha sido también consejero nacional de la Comisión Episcopal para la juventud de la Conferencia Episcopal del Perú entre 1990 y 2001; Vicario Parroquial de San Juan Apóstol entre 1999 y 2001; Consejero nacional de pastoral para la juventud el año 2000; Párroco de la Virgen Medianera entre 2002 y 2009; Director de relaciones con la Iglesia y miembro del Consejo Universitario de la PUCP entre 2003 y 2006; Párroco de San Lázaro entre 2010 y 2015.
Actualmente, además de ser profesor de Teología en la PUCP, es colaborador de la Parroquia San Francisco Solano y consejero del Centro de Asistencia Pastoral Universitaria de la PUCP.
En el año 2005 presidió una de las comisiones encargadas de promover y difundir la obra de Santo Toribio en el Año Jubilar, patrono del Episcopado Latinoamericano, por el cuarto centenario de su nacimiento.
Ha publicado diversos libros, entre los cuales se encuentran “La opción por los jóvenes en Aparecida” (2009), “Joven a ti te digo levántate” (1996) y “Libres para creer: La conversión según Bartolomé de las Casas en la historia de las Indias” (1993).
También es autor de diversos artículos como “Rosa de Lima, enraizamiento y misticismo” (2017), “Regeneración, generatividad y liberación” en la revisa Caritas Veritatis (2016), “El bien común y la cultura humana” (2005) y “Teología de la regeneración” (2001), entre otros. Además de español habla italiano y francés.
En conferencia de prensa realizada este viernes en el Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo, el Arzobispo respondió a una pregunta sobre la división en el episcopado peruano y dijo que “todavía tengo que conocerla, no conozco mucho la conferencia episcopal”.
“Hay distintos pensamientos, pero como dijo el Papa Francisco tenemos que estar unidos en la esperanza. No he estado en una reunión de ellos, pero ahora vamos a ser nosotros. Estoy dispuesto a ayudar y encontrar puntos de encuentro. Necesitamos valorar mucho cada situación en la que se encuentra cada obispo”, indicó.
“De situaciones distintas salen opiniones distintas y se ven diversos puntos de vista que pueden ser contradictorios, pero esa contradicción puede generar en el fondo una fecundidad”, dijo luego Mons. Castillo.
Según indicó el mismo Mons. Castillo en la rueda de prensa, el próximo 2 de marzo será consagrado Arzobispo y tomará posesión de la Arquidiócesis de Lima.

Discurso del Papa Francisco en el Vía Crucis de la JMJ Panamá 2019


En el marco de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) Panamá 2019, el Papa Francisco presidió el Vía Crucis en el Campo Santa María La Antigua en la Cinta Costera, donde ofreció una hermosa reflexión.
Aquí presentamos el texto completo:
Señor, Padre de misericordia, en esta Cinta Costera, junto a tantos jóvenes venidos de todo el mundo, hemos acompañado a tu Hijo en el camino de la cruz; ese camino que quiso recorrer para mostrarnos cuánto nos amas y cuán comprometido estás con nuestras vidas.
El camino de Jesús hacia el Calvario es un camino de sufrimiento y soledad que continúa en nuestros días. Él camina, padece en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad, sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos.
También nosotros, tus amigos Señor, nos dejamos llevar por la apatía, la inmovilidad. No son pocas las veces que el conformismo nos ha ganado y paralizado. Ha sido difícil reconocerte en el hermano sufriente: hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado en el ruido, para no oír; nos tapamos la boca, para no gritar.
Siempre la misma tentación. Es más fácil y “pagador” ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el aplauso; es más fácil estar cerca del que es considerado popular y ganador.
Qué fácil es caer en la cultura del bullying, del acoso, de la intimidación, del encarnizamiento con el débil.
Para ti no es así Señor, en la cruz te identificaste con todo sufrimiento, con todo aquel que se siente olvidado.
Para ti no es así Señor, pues quisiste abrazar a todos aquellos que muchas veces consideramos no dignos de un abrazo, de una caricia, de una bendición; o, peor aún, ni nos damos cuenta de que lo necesitan, los ignoramos.
Para ti no es así Señor, en la cruz te unes al vía crucis de cada joven, de cada situación para transformarla en camino de resurrección.
Padre, hoy el vía crucis de tu Hijo se prolonga: se prolonga en el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el derecho a tener infancia, familia, en los niños que no pueden jugar, cantar, soñar, se prolonga en las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad; en los ojos tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por falta de educación y trabajo digno; se prolonga en la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de gente sin escrúpulos ―entre ellas también se encuentran personas que dicen servirte, Señor―, redes de  explotación, de criminalidad y de abuso, que se alimentan de sus vidas.
El vía crucis de tu Hijo se prolonga en tantos jóvenes y familias que, absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no solo de futuro sino de presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su dignidad.
El vía crucis de tu Hijo se prolonga en jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear e inventar el mañana y se “jubilan” con el sinsabor de la resignación y el conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo.
Se prolonga en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y tratados como los portadores y responsables de todo el mal social.
La pasión de tu Hijo se prolonga en la resignada soledad de los ancianos que dejamos abandonados y descartados.
Se prolonga en los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus tierras, sus raíces y su cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que tienen y nos pueden aportar.
Padre, el vía crucis de tu Hijo se prolonga en el grito de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón.
Se prolonga en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor.
Sí, Padre, Jesús sigue caminando, cargando y padeciendo en todos estos rostros mientras el mundo, indiferente, y en un confortable cinismo, consume el drama de su propia frivolidad.
Y nosotros, Señor, ¿qué hacemos?
¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar?
Y nosotros, Padre de misericordia,
¿Consolamos y acompañamos al Señor, desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados?
¿Lo ayudamos a cargar el peso de la cruz, como el Cireneo, siendo operadores de paz, creadores de alianzas, fermentos de fraternidad?
¿Nos animamos a permanecer al pie de la cruz como María?
Contemplamos a María, mujer fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz.
Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo, tu Hijo Padre; sostenerlo en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza.
Nosotros también Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado.
De María aprendemos a decir “sí” al aguante recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”.
De ella aprendemos a decir “sí” en la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad.
En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección.
En María aprendemos a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias, sus trabajos.
Padre, como María queremos ser la Iglesia que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador del mal social.
De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz, pero no con un corazón blindado y cerrado, sino con un corazón que sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al tratar con reverencia, delicadeza y comprensión. Queremos ser una Iglesia de la memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique el lugar que tienen como custodios de nuestras raíces.
Padre, como María queremos aprender a “estar”.
Enséñanos Señor a estar al pie de la cruz, al pie de las cruces; despierta esta noche nuestros ojos, nuestro corazón; rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y de la desesperación. Padre, enséñanos a decir: Aquí estoy junto a tu Hijo, junto a María y junto a tantos discípulos amados que quieren hospedar tu Reino en el corazón. Amén.
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Y después de haber vivido la pasión del Señor junto a María al pie de la cruz, nos vamos con el corazón silencioso y en paz, alegre y con muchas ganas de seguir a Jesús, que Jesús los acompañe y que la Virgen los cuide. Adiós.